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¿Hay que creer en agüeros?

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Todo el equipo de voluntarios, César y don Juan Carlos. Foto por Cristhian Agudelo

Ya no nos acordamos de cómo fue que llegamos a conocer la problemática de Isla Fuerte pero empezamos la preparación para hacer este sueño realidad desde hace un año: lo primero fue visitar la población para hacer un censo (creemos firmemente en lograr el mayor impacto en las zonas y por eso escogemos cuidadosamente nuestros destinos) lo vimos viable y, además, con un potencial tremendo para conseguir un gran resultado. Entonces nos pusimos a la tarea de echar números y planear lo que sería, hasta ahora, la jornada más grande de RAYA. Sabíamos que iba a ser difícil pero también que podríamos hacer un buen trabajo.

Había que buscar el contacto de las autoridades locales, convocar y capacitar a los voluntarios, llegar a la comunidad y, lo fundamental, recaudar los recursos necesarios para lograrlo: nos pusimos una meta de 300 animales y faltando un mes para la primera fecha de partida aún nos faltaban más de la mitad de los recursos; siendo consecuentes decidimos aplazar un mes la fecha de salida.

Parecía imposible pero con la ayuda y solidaridad de todas las personas y empresas que donaron algo para mejorar miles de vidas logramos llegar a casi 400 patrocinios. ¡No lo podíamos creer, lo que íbamos a hacer en la isla era maravilloso!

Enviamos volantes para que las personas del lugar supieran sobre nuestra llegada y servicios a prestar. Todo con la participación de las autoridades de la isla, quienes nos ayudaron a conseguir algunas cosas necesarias para poder realizar las esterilizaciones. Íbamos expectantes, ilusionados y muy contentos por el resultado de tan arduos meses de trabajo con el objetivo de aportar nuestro grano de arena para cambiar el país y la realidad de los animales que nos acompañan.

Salimos de Medellín a Isla Fuerte el viernes 13 de enero por tierra, «viernes trece». Llegamos a la Guardia Costera de Coveñas al día siguiente donde nos embarcamos en dos lanchas de la Armada Nacional que nos facilitó el transporte del personal y de la inmensa cantidad de insumos y equipos necesarios para realizar una jornada de esterilización de campo segura y de calidad.

Hacía mucho calor. Bajamos todo de la lancha y lo llevamos a Cabañas Lili, propiedad de Rafael Barrios, quien nos brindó gratuitamente el hospedaje para parte del equipo de trabajo. No habíamos acabado de descargar cuando llegó el primer perro, estaba enfermo, tenía secreción en los ojos, inapetencia y dificultad para respirar. Inmediatamente lo hidratamos y le administramos medicamentos para mejorar su estado. Estábamos en esas cuando llegó el segundo con los mismos síntomas, lo atendimos y empezamos a preguntarnos si nos enfrentábamos a algo muy grave: ¿Habría una epidemia?

El resto del equipo se instaló en Puerto Limón y La Playita, otros hospedajes que donaron la estadía.

Hablamos con los líderes de la comunidad con los que estuvimos en contacto durante el último año y nos asignaron el Centro de Vida como lugar para hacer las esterilizaciones. Dedicamos esa tarde de sábado a recorrer el lugar para recordarle a la población de nuestra llegada. Muchas personas no sabían y otras mostraban desinterés o negativa a los servicios que les íbamos a prestar, sin embargo, nuestra experiencia nos ha mostrado que eso es normal. Siempre hay desconfianza a la llegada y el primer día de esterilizaciones es el más difícil. Siempre se cumple. Esta no fue la excepción y hasta podría decirse que «en el desayuno se supo qué iba a ser la comida».

El domingo instalamos y preparamos el quirófano en uno de los salones del Centro de Vida. Empezaron a llegar los animales y nosotros a hacer lo que sabemos hacer. Notamos que muchos de los pacientes estaban pálidos y había una gran cantidad de parásitos, ¿pero en cuál jornada que hemos hecho no es así?

Esa tarde llegó Burbuja, una cachorrita peluda y tierna, cuya cirugía resultó muy bien pero, cuando se recuperaba, se descompensó y, a pesar de los esfuerzos de nuestro equipo, falleció. Estaba enferma y no podíamos haberlo sabido. La muerte de Burbuja nos hizo perder credibilidad y confiabilidad en la comunidad pero también ganamos algo mejor: un nuevo e inolvidable amigo. César era el dueño de Burbuja, tiene catorce años y no para de hablar. Cuando le anunciamos sobre la muerte de la perrita, gritó, pataleó y lloró, pero le explicamos todo y lo supo comprender. Desde ese momento fue nuestro guía y amigo inseparable, el niño más servicial, charlatán y vivaz pero, sobretodo, el mejor amigo de los animales de Isla Fuerte.

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César. Foto por Cristhian Agudelo

Ese día esterilizamos 50 animales, nada mal para ser el primero. Pero el salón era extremadamente caluroso y ponía en riesgo la seguridad de los animales y de nuestro equipo. Así que decidimos movernos a un salón con más ventilación al día siguiente. Este salón era la cocina del lugar donde el techo se caía, los fogones estaban oxidados y había excremento de animales por todas partes. Nuestro equipo limpió y desinfectó el lugar para hacerlo apto para las cirugías y, al final de cada jornada, lo hacía de nuevo para garantizar que siempre el sitio fuera seguro. 

Con desconsuelo entendimos que la muerte de Burbuja afectaría la afluencia de pacientes pues en los dos días siguientes solo atendimos en promedio a 30 pacientes por día. Para acabar de ajustar de la Junta de Acción Comunal, con los que habíamos hablado durante meses y quienes consiguieron el lugar para las cirugías, llamaron a desalojarnos del sitio por no tener permiso. Nos dijeron que estábamos contaminando el lugar con nuestra porquería y que debíamos irnos. Lo más paradójico es que el lugar estaba en ruinas, sucio, descuidado y desagradable y nosotros lo limpiábamos y desinfectábamos, probablemente por primera vez, desde su defectuosa e inconclusa construcción. 

Nunca ningún líder estuvo ahí para acompañarnos. Todos aparecían y desaparecían como si se tratara de entidades fantasmagóricas típicas del folclor isleño. Estábamos solos.

El Inspector apareció al día siguiente y nos abrió la puerta de la Inspección para realizar allí las cirugías. Abrió la puerta y desapareció, pero al menos teníamos algo. Convertimos los calabozos en salas de espera y recuperación y, a pesar de la estrechez, seguimos adelante sin luz ni agua. No llegó ningún paciente, así que nuestro equipo se dividió en tres: personal básico permanecería en la inspección esperando y los demás irían en dos grupos por la isla, buscando pacientes y convenciendo propietarios.

Los últimos dos días de jornada fueron difíciles. Prácticamente nadie llegó, los miembros del equipo lograron todas las esterilizaciones de estos días buscando, hablando y convenciendo a los lugareños. Los insultaron, se burlaron de ellos y los trataron con desprecio y aún así, nunca desfallecieron. Desgastaron su cuerpo bajo el inclemente sol y lo dieron todo por ayudar a más animales. Son un grupo de valientes.

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Gustavo, César y Juliana. Foto por Cristhian Agudelo

Con todo, en cinco días de trabajo, no logramos los objetivos, ni siquiera la mitad de lo que teníamos preparado. Nos sentimos tristes, decepcionados y acongojados ¿En qué fallamos? ¿Los decepcionaríamos a todos?

Lo pensamos como equipo y, de seguro, a manera personal también. Lo dimos todo, entregamos nuestra alma, vida y corazón a esa comunidad y no nos respondieron. Así que entendimos que no fuimos nosotros, que el problema va más allá. Que falta mucho trabajo en una comunidad completamente insensible, donde los líderes no buscan el bien común, donde cada uno tira por su lado abandonando al que quiere ayudar, donde los lugareños se burlan, insultan y ultrajan a las personas, donde la comunidad es indiferente al dolor ajeno, donde los animales se mueren de hambre, sed, enfermedades y maltrato exagerado. Una comunidad que exilia y maltrata a niños como César por pensar diferente, por querer aprender y construir un mundo mejor para él y para su comunidad. Nos trataron como delincuentes, nos desalojaron, nos maltrataron, nos insultaron y nos abandonaron. La mayoría de la comunidad lo hizo y los que debieron estar al frente, no estuvieron ahí. Quizá no entiendan el regalo que les llevábamos a pesar de tanta conversación previa, quizá ni les importe, pero hubiéramos podido marcar la diferencia en aquella comunidad si fuera organizada, servicial y trabajara unida por salir adelante. No fue culpa de la muerte de Burbuja, fue culpa de la indiferencia y la ignorancia.

El pensamiento más fácil sería tirar la toalla y darle la espalda a una comunidad indolente, podríamos negarles más ayuda por habernos tratado como lo hicieron, pero lo mejor es y será seguir trabajando, como lo hemos hecho, en las raíces del problema del maltrato de animales: la educación y la esterilización.

Podemos ayudar a más Césares a mejorar la vida de sus comunidades, podemos lograr cambiar al indolente, podemos, sí que podemos. Con el apoyo de todos, podemos cambiar al país porque somos granos de arena para construir un mejor futuro. Porque quizá la muerte de Burbuja nos mostró que los niños como César son el camino al cambio y no se pueden dejar solos y si el «viernes trece» no debíamos embarcarnos, venceremos el agüero y convertiremos todo lo malo que nos pasó, en una lucha constante por una mejor vida para todos.

Agradecemos la presencia y apoyo de Rafael Barrios y su familia, especialmente su hijo Robert, quien junto a César, cuidará de los animales y sembrará la semilla de su protección, a Don José, dueño de Pinocho por subirnos la moral, a Cabañas Lili, La Playita y Puerto Limón por poner su grano de arena en mejorar a su comunidad y a César por mostrarnos el camino.

Por eso hoy, más que nunca, #EstoyConIslaFuerte¿Y tu?

 

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